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Los Misterios Hiperbóreos de la Antártida

Por Christian C.

Procederemos a abrir el registro literario de la obra de Edgar Allan Poe «Las aventuras de Arthur Gordon Pym» a fin de explicar los huecos o baches que presenta el final de la obra, sugiriendo distintas explicaciones que analizaremos.

Debemos luego, complementando esto, remitirnos también a la obra de Julio Verne, «La esfinge de los hielos» y H.P. Lovecraft, «En las montañas de la locura».

Los jeroglíficos referidos en la novela «Las aventuras de Arthur Gordon Pym» de Edgar Allan Poe representan uno de los aspectos más enigmáticos y debatidos en la literatura de misterio.

Recordemos que esto tiene lugar en el final de la obra cuando Pym y su compañero Peters quedan atrapados en la isla de Tsalal, cerca del Polo Sur, que es el punto que luego retomará H.P. Lovecraft en su célebre novela «En las montañas de la locura».

Ahora bien, centrémonos concretamente en estas extrañas figuras o jeroglíficos y su significado, o más bien varios niveles de significado.

Al final del libro, Capítulo XXIII, los protagonistas exploran una serie de cuevas profundas. Pym describe las formas de estas cuevas con precisión geométrica. Al principio, las atribuyó a la naturaleza, pero notó unas marcas extrañas en las paredes de una de las cámaras más profundas que parecían letras o figuras altas.

En la nota final de la historia (anónima, supuestamente escrita por un editor tras la muerte de Pym) se revela que lo que Pym creía que eran formas naturales accidentales eran en realidad caracteres gigantescos con significados en lenguas antiguas.

Es decir, vistas desde los acantilados, las cuevas mismas forman letras.

De las diversas interpretaciones a estas inscripciones en la pared se han propuesto raíces lingüísticas de origen etíope, árabe y egipcio.

Según una posible raíz etíope, el significado sería «Ser oscuro», más desde la raíz árabe significaría «Ser blanco», y desde un significado de jeroglíficos egipcios «La región sur». Tenemos así el simbolismo de la blancura frente a la oscuridad.

Estos jeroglíficos son la clave del tema central de la novela: el miedo a lo desconocido y el contraste racial/metafísico.

Tsalal es una isla donde todo es negro: la tierra, el agua, los animales y los habitantes (que sienten un terror patológico al color blanco).

Las inscripciones funcionan como una advertencia arcaica y legendaria sobre la «pureza» de la blancura que reside más al sur, en el Polo.

La novela, recordemos, termina justo cuando aparece una gigantesca figura humana, «en la blancura de la nieve».

Los jeroglíficos son el único «mapa» que tenemos para entender qué era esta figura, lo que nos indica que la expedición se adentró en terreno místico.

Este elemento influyó profundamente desde ya en H.P. Lovecraft, quien escribió al respecto como se ha mencionado («En las montañas de la locura»), donde explica que estas marcas eran rastros de una civilización alienígena (los Antiguos).

Tomemos también en consideración lo siguiente. Pym describe que los animales son tan grandes que un hombre parece un avispón dentro de ellos.

Si las cuevas son, en realidad, «cartas escritas por alguien», el «escritor» tendería a ser un ser de dimensiones colosales, lo cual indicaría la presencia de gigantes en ese territorio del Polo Sur, y quizá seguramente en tierras más próximas desde el Polo Sur a nuestro mundo conocido, como sugieren de hecho las leyendas de gigantes en la Patagonia.

Al final, aparece una figura cuya piel es «de la perfecta blancura de la nieve» y cuya estatura es «mucho más grande que la de cualquier habitante de la tierra».

La deducción es clara: los jeroglíficos son la escritura de la raza a la que pertenece este gigante.

La nota final de la novela menciona una frase grabada que resulta clave. Según se menciona, una de las inscripciones en las bodegas de Tsalal significa: «Él descansó aquí» o «Él escribió esto». Esto sugiere que la figura blanca (sus antepasados) en el suelo solo pasaba de largo, aunque «afirmó» la geografía de la isla.

No se trata de simples formaciones naturales, es más bien una arquitectura lingüística.

La isla de Tsalal sería literalmente un libro abierto para que cualquiera lo leyera por separado.

Recordemos lo expuesto por Nimrod de Rosario en «El misterio de Belicena Villca», donde los pueblos del pacto de sangre seguían a los Siddhas leales, dejando señales de construcciones líticas a su paso.

La presencia de gigantes explicaría además el terror absoluto que los nativos de Tsalal (negros) sienten ante cualquier cosa blanca.

Desde las leyendas y mitología de este pueblo, se insinúa sutilmente que en el pasado, una raza de gigantes blancos (seguramente los que habitaron las cuevas) dominaron la región. Las letras en las cuevas funcionan así como un límite territorial. Más allá de estas letras, tras la cortina de vapor blanco, es donde viven estos seres.

Poe estuvo muy influenciado por la «Teoría de la Tierra Hueca» (para nosotros no es meramente «teoría», pero llamémosle así utilizando la nomenclatura conocida) de John Cleves Symmes, que proponía que en los polos existían aberturas al interior del planeta.
Se sugiere entonces que la figura gigante no es un ser humano común, sino una especie de guardián de la entrada al interior de la Tierra.

Lovecraft retomó esta idea escribiendo sobre los Antiguos (Old ones o Elder Things), exponiendo que los jeroglíficos y los gigantes eran restos de una civilización prehumana que gobernó la Tierra durante millones de años.

Para su justo análisis retomemos recreando la escena final de la novela de Poe.

Pym, Peters y un nativo llamado Nu-Nu viajan en una canoa, arrastrados por una corriente cálida hacia el Polo Sur. El cielo se vuelve blanco, el agua se vuelve lechosa y un pulpo delgado (como ceniza blanca) cae sobre ellos.

De inmediato, una inmensa cortina de vapor se abre ante ellos y cae del cielo, como una cascada silenciosa.

En ese momento, se describe lo siguiente: «Y entonces nos precipitamos hacia el abrazo de la cascada, donde un abismo se abrió para recibirnos. Pero una figura humana apareció en nuestro camino envuelta en un sudario, de proporciones mucho mayores que las de cualquier habitante de la tierra. Y el color de la piel de esa figura era la blancura perfecta de la nieve».

Así termina el diario de Pym en la obra, y tras este abrupto final, aparece una nota del editor que explica que el Sr. Pym murió en un accidente (fuera de la historia del libro) antes de poder entregar los últimos tres capítulos. Y Dirk Peters, el único superviviente que pudo contar lo que pasó con el gigante blanco, supuestamente vive en Illinois, pero no ha podido ser hallado.

De las variadas teorías propuestas, podemos decir que Pym no murió, sino que entró al interior de la Tierra a través de un agujero en el polo (el «abismo»), con el franqueo del gigante guardián de esa civilización interna.

Tiempo después, a Julio Verne le desagradó el final inconcluso de la obra de Poe, y escribió una secuela llamada «La esfinge de los hielos».

En su versión, Verne (siempre más racionalista) explica que la figura blanca no era un ser vivo, sino una montaña magnética gigante con forma de esfinge que atraía el hierro de los barcos.

Verne es conocido por ser un escritor de «ciencia posible», por lo que detesta lo sobrenatural y exige que todo tenga una explicación mecánica o física.

Al convertir al gigante en una montaña magnética, liberó toda la carga mística y aterradora que Poe construyó.

Por otra parte, en «En las montañas de la locura» de Lovecraft, se sugiere que Pym vio a uno de los esclavos albinos gigantes (los Shoggoths) o quizá a uno de los propios «Antiguos». De hecho, en la novela de Lovecraft, los personajes encuentran pingüinos gigantes y ciegos que gritan «¡Tekeli-li!», el mismo grito que los nativos de Poe emitían al ver algo blanco.

Muchos críticos piensan que Poe no sabía cómo terminar la historia y decidió cortarla ahí para generar un efecto de «horror sublime».

Más somos de la opinión que los jeroglíficos que mencionamos antes son la verdadera respuesta: descifrando las formaciones de las cuevas se puede entender quién es el gigante, y la clave de qué hay más allá de donde logró entrar Pym.

Si aceptamos que las cuevas son una clase de jeroglíficos, entonces el paisaje mismo es una construcción. Un guardián no solo vigila una puerta física, sino que vigila un conocimiento.
Los jeroglíficos serían las advertencias de cuidado antes de llegar al guardián de la región, que es esa figura gigantesca al final del abismo.

Recapitulando en la obra de Poe, cuando se acercan a la figura blanca, el nativo Nu-Nu muere de puro terror. No muere por el frío ni por la caída, sino por la presencia de lo que él reconoce como una deidad o un ser prohibido.

Esto refuerza la idea que la figura no es un objeto inanimado (como decía Verne), sino una entidad con una presencia abrumadora.

Lovecraft es bien preciso en que no se trata de algo «humano» sino más bien tan antiguo y diferente, que la mente humana apenas puede procesarlo.

En sus relatos, los personajes que encuentran estas huellas suelen terminar locos, lo cual coincide con el hecho de que el relato de Pym sea tan fragmentado y termine en una «muerte» o desaparición misteriosa del autor.

La figura gigante «envuelta en un sudario», como se le describe, podría ser, según Lovecraft, un Antiguo (seres descritos con forma similar a un barril y alas de estrella) o, más probablemente, un Shoggoth que ha adoptado una forma vagamente humana y gigantesca para interceptar a los intrusos.

Releyendo la obra de Poe bajo la mirada y análisis lovecraftiano, tenemos que los jeroglíficos no eran solo decorativos, sino una forma de geometría no euclidiana o formas que desafían la lógica humana.

Las simas en forma de letras eran, acorde a la mirada profunda del maestro de Providence, mapas estelares y crónicas históricas de alienígenas.

La figura blanca gigante se trataba o bien de un Shoggoth albino como hemos dicho o de un habitante de la ciudad de los Antiguos. Y el abismo en el Polo, la entrada a una meseta oculta donde la física no funciona igual.

Desde otro ángulo de análisis lovecraftiano, Pym no murió simplemente, sino que su mente colapsó frente a la abrumadora presencia del gigante, atisbando que el mundo alguna vez estuvo regido por gigantes olvidados.

Para ver cómo Lovecraft continúa directamente la obra de Poe, el paso indispensable es releer ciertos fragmentos de «En las montañas de la locura» y considerar nuevamente todos los puntos.

En el capítulo VIII, los protagonistas Dyer y Danforth exploran las ruinas de la antigua ciudad en la Antártida.

Aquí es donde Lovecraft deja de sugerir y admite abiertamente que lo que Pym vio fue real. Mientras los científicos observaban las grabaciones en las paredes que narran la historia de los Antiguos, Lovecraft escribe: «Era una zona de absoluto determinismo geológico, tal como Danforth y yo comenzamos a observar tras recordar los monumentos de los indígenas de la zona y los jeroglíficos de las cuevas que el pobre Pym había descrito…».

Debemos insistir en este punto, que resulta crucial. Lovecraft trata a Arthur Gordon Pym no como un personaje ficticio, sino como un explorador real cuyos diarios fueron ignorados por la ciencia oficial, pero que contenían la verdad sobre el horror antártico.

El momento más aterrador de la novela de Lovecraft es cuando los protagonistas se hallan junto a un Shoggoth (una masa amorfa de burbujas y ojos que puede adoptar o imitar cualquier forma).

Mientras la criatura los persigue por túneles oscuros, Lovecraft describe el sonido que emite: «Pero el grito no era de un hombre… era ese sonido que Pym había consignado con terror: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».

En esta historia, Lovecraft revela que el «gigante blanco» o las aves que Pym vio eran en realidad imitaciones de los shoggoths. Los shoggoths aprendieron este lenguaje de sus antiguos maestros y lo repitieron como recuerdos oscuros.

Lovecraft describe asimismo, como referimos, pingüinos albinos gigantes (de unos dos metros de altura) que viven en túneles. Al verlos, Danforth recuerda el final de la novela de Poe: «Era de una blancura cegadora… y cuando los vimos ni siquiera podíamos pensar en esa figura gigantesca, envuelta en un sudario, que esperaba a Pym al final de su viaje».

En las últimas páginas, Danforth mira hacia atrás mientras escapa en el avión y ve algo en el horizonte, entre las nubes y el vapor del polo, que le hace gritar. Lovecraft insinúa que lo que vio Danforth fue exactamente lo que vio Pym: la entidad vigilante que custodia la entrada al núcleo de la Tierra.

Lovecraft quiso realizar un homenaje a Poe, dejando en claro la conexión de ambas obras, tanto que incluso imitó su estilo de dejar el final abierto. Y para el no iniciado, se deja como incógnita qué vio Danforth, al igual que la incógnita de qué le pasó a Pym después de conocer al gigante.

Mientras se hallaba en la Ciudad de los Antiguos en la meseta antártica, Danforth observa a través de las brumas polares y grita nombres y conceptos que tanto aluden a la ciencia conocida como al mito: «Habla de la ‘catarata blanca y silenciosa’, de los ‘jeroglíficos colosales’, del ‘abismo sin fondo’ y de lo que acechaba más que la última cordillera… Pero lo que más repetí, en un susurro que me desgarra la sangre, fue ese grito que Poe había consignado: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!».

Aunque Lovecraft no es explícito sino que mantiene el misterio, el lector que conoce a Poe entiende que Danforth ve la fuente de la blancura. Tanto Pym como Danforth describen una cortina blanca o catarata que parece caer del cielo al abismo. No es agua, es una distorsión del espacio y el tiempo.

Especifiquemos más respecto sobre la «Figura del Sudario». Lovecraft sugiere que esta «figura humana» que Pym vio no era un hombre, sino una proyección o una entidad biológica masiva (ya sea el líder de los Antiguos o un Shoggoth primordial) que vive en el centro exacto del Polo Sur magnético.

Para ambos autores, el blanco no representa la pureza, sino el vacío absoluto y una antigüedad tan profunda que resulta hostil a la vida humana.

Y aquí, desde lo esotérico debemos añadir algo. En realidad los jeroglíficos que Pym vio en las cuevas no eran simplemente un «nombre» sino un sello.

Al entrar en las cuevas, Pym rompió un sello y la figura gigante al final salió a recibirlo, solo para detenerlo o consumirlo por haber visto lo que ningún humano debería ver.

Hemos expuesto principalmente este tema comparando las novelas de Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft, y consideramos el enfoque más bien cientificista y racionalista de Julio Verne.

Empero, Julio Verne también pertenecía a la llamada «Sociedad Angélica» o «Sociedad de la niebla», y advertimos en su obra «La esfinge de los hielos», cierto encriptamiento o codificación, para ser leído por iniciados.

En el ocultismo, la Esfinge representa el famoso precepto: «Saber, Querer, Osar y Callar».
Al transformar al gigante de Poe en una «esfinge magnética», Verne podría estar enviando un mensaje a los iniciados: «Aquí hay un conocimiento (un magnetismo o poder) que no debe ser revelado a las masas».

La montaña magnética sería una metáfora de una fuerza que atrae a los hombres hacia su perdición si no están preparados.

Recordemos la explicación de Nimrod de Rosario, en cuanto que alguien que es un Virya dormido, o todavía con resabios anímicos, su Microcosmos sería inmediatamente destruído frente a la presencia de un Siddha.

La Sociedad de la Niebla y otros grupos similares manejaban ciertamente el conocimiento de Agartha como una civilización intraterrestre.

Poe dejó la puerta abierta al misterio con sus jeroglíficos y su gigante, Verne en cambio, pone una «pared» (la esfinge).

Para un ocultista, la mejor forma de proteger un secreto no es negarlo, sino darle una explicación técnica que satisfaga a los curiosos para que dejen de buscar. Al decir que es «solo magnetismo», Verne desvía la atención del Gigante (el Guardián) y de los Jeroglíficos (la lengua rúnica primordial).

En el siglo XIX, el magnetismo además no era solo física; estaba ligado al «magnetismo animal» y al espiritismo.

Que la esfinge de Verne sea magnética sugiere que el Polo es un centro de energía que altera la mente y la materia.

Quizás Verne sabía que allí había «algo» (una entrada, un portal o una raza antigua) y decidió codificarlo bajo la forma de un objeto inanimado para cumplir con su rol de «divulgador», mientras dejaba la clave oculta para quienes supieran leer entre líneas.

Especifiquemos según las respectivas contribuciones esotérico-literarias de cada uno de estos tres autores.

Poe revela el Abismo, es decir, muestra el horror de frente, la disolución de todo lo convencionalmente conocido en la blancura. Es la experiencia mística cruda.

Verne en cambio presenta un Velo, y construye una estructura (la Esfinge) para contener ese horror. Es la contención institucional del secreto. Es muy probable que Verne, al formar parte de estas corrientes ideológicas (y seguramente instruido por «La sociedad de la niebla»), considerara que Poe había sido «demasiado explícito» al mostrar los jeroglíficos y la figura gigante, y sintiera la necesidad de «cerrar la puerta» literariamente.

Y Lovecraft finalmente revela que lo que hay detrás se trata de una biología que no es humana ni de este mundo, aterradora. Si no ha quedado del todo claro, especifiquemos más todavía.

Poe actúa como el «vidente». En la novela de Arthur Gordon Pym no hay filtros. Los jeroglíficos en la piedra son la Lengua primordial, y la figura gigante es una presencia mística (y monstruosa) sin intermediarios. Poe nos dice que el mundo no es lo que parece y que, en los confines de la Tierra, la realidad se desgarra.

Verne en cambio asume el papel de «Hermético». Su misión es codificar. Al sustituir al gigante vivo por una Esfinge de piedra y magnetismo, está realizando una operación de alquimia literaria.

Convierte lo biológico/espiritual (el gigante) en mineral (la montaña). Y así protege el secreto. Solo aquellos que entienden el simbolismo de la Esfinge (así como el secreto lítico de la piedra) y el magnetismo como fuerzas sutiles comprenden que Verne está hablando de lo mismo que Poe, pero de forma «segura» para el no iniciado.

Lovecraft cierra el círculo al quitarle el velo tanto a Poe como a Verne.

Para él, la «magia» de los jeroglíficos y la «fuerza» de la esfinge son simplemente tecnología y biología ultra-avanzada de seres que llegaron de las estrellas.

El «gigante blanco», Lovecraft lo identifica como una entidad orgánica. Y lo que Verne llamó «magnetismo», Lovecraft lo explica como las leyes físicas de una geometría que no pertenece a este mundo.

Para estos tres autores, el Polo Sur no es meramente un lugar geográfico, sino además un concepto esotérico. Es el punto donde el eje del mundo se conecta con «lo que viene del exterior».

Resulta interesante que mientras el público general leía estas novelas como simples relatos de aventuras, existía una conversación subterránea entre ocultistas e iniciados respecto a estas tres obras literarias, sobre la verdadera naturaleza de la realidad y lo que se esconde en los «espacios en blanco» de los mapas.

No obstante todo lo expuesto, el tema no está acabado, y quienes hayan leído «Las aventuras de Arthur Gordon Pym» pueden plantear o argumentar lo que en la novela se refiere, de cierto regreso de Pym a Estados Unidos luego de la expedición antártica.

Y este es un gran «truco» narrativo que Poe le tendió a la posteridad. El regreso de Pym a Estados Unidos es un misterio tan grande como la figura blanca del final, porque el libro nunca lo explica. El diario corta en el abismo, y una «nota editorial» nos dice que Pym regresó, pero murió en un accidente antes de escribir los capítulos finales.

Sin embargo, los estudiosos de Poe y los escritores que han continuado su obra manejan diversas teorías sobre cómo pudo haber ocurrido este «regreso imposible».

Nos inclinamos, como ya hemos mencionado, por la entrada a la «Tierra hueca» y eventualmente cierta salida por el Norte.

En la época de Poe, la teoría de Symmes sugería que los polos eran aberturas conectadas, lo cual deja entre líneas esta posibilidad. Conforme a esta teoría, Pym y Peters cayeron al abismo, siendo succionados por la corriente hacia el interior del planeta. Tras cruzar el centro de la Tierra, fueron en alguna instancia posterior expulsados a la superficie por el agua del Polo Norte. Esto explicaría por qué Pym viajó a Nueva York pero se negó a hablar sobre los detalles técnicos del viaje; ya que la experiencia había sido tan traumática y físicamente imposible que solamente se podía entregar fragmentos de los registros realizados en su diario.

Como mencionamos, a Verne no le gustaban los cabos sueltos. En su novela «La esfinge de los hielos», ofrece una solución lógica: Tras el encuentro con la «Esfinge» (la montaña magnética), Pym desaparece, pero su compañero Dirk Peters logra sobrevivir en las costas de la Antártida. Años después, una expedición (desde el barco Halbrane) encuentra a Peters y realizando un nuevo viaje al Polo Sur, descubre que Pym murió escondido intentando regresar.

Esta teoría, no obstante, contradice la nota de Poe de que Pym solo regresó a Nueva York y murió tiempo después, por lo que discrepamos.

Para Verne, en cambio, la nota de Poe era un simple truco literario que decidió ignorar para darle un final «lógico».

Ahora bien, el abismo y la figura blanca no eran un precipicio físico, sino un portal. Al entrar en el «abrazo de la catarata», Pym y Peters fueron transportados instantáneamente fuera de la Antártida.

Poe insinúa que el Polo es un lugar donde las leyes de la física (el color, la luz, la gravedad) ya no funcionan.

Pym, puede conjeturarse, habría aparecido en algún lugar del océano civilizado, siendo rescatado por un barco mercante del cual no pudo explicar de dónde venía.

Esto explicaría por qué el diario termina tan abruptamente: la transición no fue un viaje en barco, sino un evento metafísico. Más un punto que todos olvidan es que, según la nota final de Poe, Dirk Peters aún vivía en el momento de la publicación del libro, en Illinois.

Poe escribe que Peters fue el único que planteó el resto de la historia, pero «no estaba dispuesto a hablar». Esto sugiere que lo que sucedió al final fue tan aterrador que Peters quedó psicológicamente afectado.

Existe un pacto de silencio, en cuanto a lo que hay en el Polo Sur «no debía» ser conocido por la humanidad (un tema muy presente en «la Sociedad de la Niebla»).

La explicación racionalista más aceptada (con lo que sobra decir, estamos en completo desacuerdo) por la crítica literaria es que Poe se quedó sin ideas o quiso imitar los relatos de viajes reales que a menudo terminaban inconclusos debido a la muerte del explorador.

Al matar a Pym en un «accidente» en Nueva York, Poe evita tener que explicar lo inexplicable y permite al lector completar el mapa. Y el acompañante de Pym también mantiene en la novela un extraño silencio.

Si Peters simplemente hubiera visto un fenómeno natural o una montaña, no habría razón para ocultarlo en las marismas de Illinois. Su negativa a hablar sugiere un trauma muy profundo o quizá un voto de silencio.

En definitiva, Peters sobrevive, pero como sucede con quienes se inician en los misterios antiguos y no están preparados, su mente solo puede procesar el horror a través del silencio.
Más aquí surge una extraña paradoja. En la vida real, Poe murió en circunstancias tan misteriosas como las de Pym, encontrado delirando en una calle de Baltimore y gritando el nombre de «Reynolds», quien curiosamente era un explorador que defendía la teoría de la Tierra hueca, y el hombre que más presionó al gobierno para explorar el Polo Sur.

Jeremiah N. Reynolds es el «puente» de carne y hueso entre la «ficción» de Poe y la realidad de las expediciones polares.

Su vida fue una cruzada personal para convencer al mundo de que los polos ocultaban el mayor secreto del mundo.

Reynolds fue el discípulo más ferviente de John Cleves Symmes, quien fue uno de los adherentes que propuso la teoría de la Tierra hueca y que en los polos había aperturas de miles de kilómetros de ancho por donde se podía entrar al interior. Reynolds no era un loco sino un orador brillante. Convenció al Congreso de los Estados Unidos de que era necesario explorar la Antártida, no solo por ciencia, sino por la gloria de encontrar ese «nuevo mundo» interno.

Poe leyó el famoso «Discurso sobre la expedición al Océano Pacífico» de Reynolds y quedó fascinado por sus ideas.

Hay pasajes enteros en la novela de Poe que son casi «copiados» de los argumentos técnicos de Reynolds.

Por ejemplo, el tema del «agua cálida». Reynolds sostenía que a medida que uno se acercaba al Polo, el agua se volvía más caliente (lo mismo que le pasa a Pym).

También la ausencia de hielo. Sostenía que en el centro del Polo había un mar abierto y libre de hielo, un oasis tropical o un abismo.

Luego, una luz extraña. Reynolds hablaba de una luminosidad especial en el cielo polar, que Poe transformó en esa «ceniza blanca» y el vapor lechoso del final.

A diferencia de Poe, que era un hombre de letras, Reynolds era un hombre de acción y más pragmático.

Aunque el gobierno finalmente organizó la Expedición Wilkes (la primera gran expedición científica de EE. UU. a la Antártida), a Reynolds lo dejaron fuera por motivos políticos. Poe sentía una empatía profunda por Reynolds, ya que ambos eran visionarios ignorados por el sistema.

Al escribir la historia de Pym, Poe le dio a Reynolds el viaje que el gobierno le negó.
Ahora bien, ¿por qué gritó su nombre al morir? Existen tres interpretaciones principales sobre ese grito final («¡Reynolds!») en el hospital de Baltimore.

La interpretación racionalista literaria, según dicen, es que en su delirio Poe creía que él mismo era Arthur Gordon Pym y llamaba al hombre que le había dado el mapa para su viaje, en una confusión de identidad propia con la de su personaje Pym.

Más luego tenemos la mirada esotérica, que nos dice que Poe en el umbral de la muerte (su propio «abismo») vio finalmente la entrada a ese mundo interior del que Reynolds hablaba. Al gritar su nombre, fue un reconocimiento de que Reynolds tenía razón.

Y como desinformación para ocultar esto, algunos sugieren que no gritaba por el explorador, sino por un tal Henry R. Reynolds, un juez de mesa en las elecciones de Baltimore, lo cual por supuesto es una flagrante mentira.

Analicemos como concuerdan las teorías y explicaciones científicas que proponía Reynolds, con lo que se narra hacia el final de la novela de Edgar Allan Poe.

Acorde a la explicación de la Tierra Hueca (es decir, la cosmografía de Symmes y Reynolds que tanto apasionaba a Poe), el «abismo» en el Polo Sur no era un precipicio hacia la muerte, sino una puerta de entrada.

Bajo esta perspectiva esotérica, esto es lo que le habría ocurrido a Pym y Peters antes de reaparecer en la superficie. Al caer en el abismo, Pym experimentaría una «curvatura» y una pérdida de peso.

Según la física de la Tierra Hueca, al llegar al borde del polo, la gravedad se invierte o se anula. Pym y Peters habrían sobrellevado una sensación de caída libre que los llevó no «hacia abajo», sino «hacia adentro».

La figura gigante blanca no sería un verdugo, sino el piloto o guardián que guía a los navegantes a través de las corrientes magnéticas que succionan el agua del océano exterior hacia el interior.

Una vez dentro, no habrían encontrado oscuridad. La teoría de Symmes sostenía que el interior de la Tierra estaba iluminado por un sol central o una atmósfera altamente fosforescente.

Esto explicaría por qué Pym queda tan impactado por la «blancura». En el interior, la luz es constante y pura, eliminando las sombras.

Y habrían visto también los bosques y animales que los jeroglíficos de las cuevas insinuaban: especies extintas en la superficie que sobrevivieron en el clima tropical del núcleo.

Las ideas de Reynolds, pese a ser dejado fuera de acción, no cayeron no obstante en saco roto, sino que fueron de hecho el motor intelectual de la «Expedición Wilkes» (1838-1842), oficialmente conocida como la Expedición Exploratoria de Estados Unidos, siendo el espejo en el que se refleja la «ficción» de Poe.

Lo que hace que este viaje resulte «misterioso» no es solo lo que se encuentra, sino la atmósfera de conspiración y error que lo rodea.

Si aplicamos la Teoría de la Tierra hueca a los hechos reales de esta expedición, la ruptura de Pym se vuelve aún más inquietante.

Charles Wilkes reportó haber avistado una costa montañosa y extensa (lo que ahora llamamos Tierra de Wilkes).

Sin embargo, cuando el explorador británico James Clark Ross intentó seguir las coordenadas de Wilkes un año después, navegó en mar abierto hacia puntos donde Wilkes había descubierto montañas.

Según la explicación oficial, Wilkes fue víctima de un espejismo polar (fata morgana) que proyectó la costa mucho más al norte de lo que realmente estaba.

Pero los seguidores de Reynolds y Poe bien sabían que Wilkes no se equivocó por un reflejo, sino que vio una distorsión del espacio y el tiempo o parte de la «curvatura» que conduce al interior de la Tierra.

Como mencionamos, Reynolds fue el cerebro ideólogo de esta expedición, pero fue destituido del mando poco antes de zarpar. Wilkes en su autobiografía admitió de hecho estar profundamente perturbado por la influencia de Reynolds. En los diarios de la expedición, curiosamente, aparece un oficial llamado Reynolds (no Jeremiah, pero comparte el mismo apellido), quien fue uno de los que gritaron «¡Tierra!» junto a Wilkes para ver la costa antártica.

Al igual que Pym, Wilkes regresó a Estados Unidos para enfrentarse al caos. En lugar de ser recibido como un héroe por descubrir un continente, fue sometido a un consejo de guerra.
Lo acusaron de castigar excesivamente a su tripulación y de mentir sobre sus descubrimientos.

Este ambiente de «descrédito oficial» alimentó por supuesto la idea de que Wilkes había visto algo que el gobierno quería silenciar.

Uniendo los puntos de la Expedición de Wilkes y la teoría de Tierra hueca, podemos contrastar con el viaje de Pym antes de regresar al «mundo conocido», arribando a ciertas conclusiones.

El avistamiento que en la expedición Wilkes se llamó «espejismos», fueron en realidad visiones del mundo interior reflejadas en la atmósfera polar.

Tras pasar el «Abismo Blanco», Pym y Peters debieron entrar en una zona donde la brújula se descontroló (algo que Wilkes describió como graves anomalías magnéticas).

La estancia habría sido de meses en el interior, donde el clima es cálido (Reynolds sostenía de hecho que en esa región el polo no podía ser frío porque el calor del núcleo se escapaba por allí).

Poe publicó Arthur Gordon Pym en 1838, justo el año en que Wilkes zarpó. Es como si Poe hubiera escrito el «guión» de lo que la expedición iba a encontrar.

Cuando Wilkes regresó en 1842 confirmando la existencia de un continente, pero rodeado de escándalos y errores cartográficos, la «ficción» de Poe permitió para muchos advertir la verdadera crónica oculta del viaje.

Para Poe, era el lugar donde los jeroglíficos revelaban que la Tierra evidenciaba una presencia pre-humana.

Y en la actualidad este es el lugar donde el «Tratado Antártico» (firmado en 1959) prohíbe la actividad militar y la explotación, lo que para muchos es el «nuevo sello» que reemplaza a la Esfinge de Verne, ocultándose evidentemente lo que allí alberga.

Después de Lovecraft, el mito de la Antártida se volvió más oscuro. Durante la Segunda Guerra Mundial surgieron expediciones nazis (como la de Ritscher en 1938, el mismo año del centenario de la novela de Poe) que buscaban entrar en la Tierra hueca, buscando allí a los Hiperbóreos, que no eran más que los gigantes blancos de Poe.

Este tema también ha asomado en el mundo cinematográfico, revelándose algunas claves.
Desde la película «La Cosa» de John Carpenter hasta series como «El Terror», la idea sigue siendo la misma: la Antártida alberga algo biológicamente hostil y antiguo.

El «monstruo» que cambia de forma en el film es, en esencia, un Shoggoth lovecraftiano, y la nave espacial sepultada en la oscuridad es la «Esfinge» de Verne.

¿Qué podemos decir a esta altura de los extraños jeroglíficos mencionados al inicio,de las formaciones rocosas abismales o simas?

Para reconstruir el mensaje jeroglífico debemos actuar como «detectives lingüísticos» y ocultistas, uniendo las piezas que Poe dejó dispersas en el epílogo y las pistas esotéricas que hemos comentado.

Si proyectamos la forma de las paredes y las inscripciones en ellas, el mensaje no es una frase común, sino una oración ontológica.

Aquí tendríamos la traducción basada en las raíces etíopes y árabes que Poe mencionó: La sima I (forma de letra etíope) significa «Ser oscuro». La sima II (jeroglíficos egipcios) significa «La región del sur». Y la sima III (raíz árabe) significa «Ser blanco».

Tras unirlos, el mensaje que Pym no pudo (o no quiso) comprender en ese momento parece decir: «Lo negro vive en la sombra, pero su origen está en la blancura del Sur». O, en una interpretación más oculta y referente de la Tierra hueca: «Está escrito en la piedra: El abismo es el límite entre la oscuridad de los hombres y la pureza de los Gigantes».

Poe sugiere que Pym vio la letra, pero pensó que eran formaciones naturales en la roca. Este es un concepto esotérico clave: el profano solo ve la naturaleza, mientras que el iniciado ve los textos ocultos. Pym solo comprendió la magnitud del mensaje al enfrentarse a la «figura blanca». En ese momento, los jeroglíficos de la cueva «cobraron vida» en la forma del Gigante.

Podemos a esta altura destacar el hecho de la alta relevancia que Lovecraft daba a la novela de Poe, «Las aventuras de Arthur Gordon Pym», incluso más allá de citar sus personajes en su obra maestra «En las montañas de la locura».

Según se puede constatar a partir de la biografía más extensa que existe de Lovecraft, «Yo soy Providence», de S.T. Joshi, y su extensa correspondencia (consignada en Selected letters o «Cartas selectas», volumen V) en 1935 (cuatro años después que escribiese «En las montañas de la locura») Lovecraft visitó el sitio de Nantucket, (que es precisamente donde parte la embarcación originalmente en la novela de Edgar Allan Poe) y otros sitios en los que Poe situara la escena de su historia, sobre los que aquí se comentará.

Es como si Lovecraft desde ese sitio de partida de la obra de Edgar Allan Poe, buscase recrear o experimentar en cierto grado la vivencia de aquella historia.

Nantucket es descrito como el corazón de la industria ballenera y el inicio de la aventura en la novela de Edgar Allan Poe.

Y Lovecraft lo llamó el «Puesto de avanzada final», refiriéndolo incluso como un «mundo fragmentado de 1840» (la época de Edgar Allan Poe), que se mantenía casi puro por su aislamiento físico (siendo una isla).

Luego tenemos New Bedford, el puerto donde Pym se oculta en el barco Grampus. Lovecraft pasó por allí para tomar un ferry, camino a Nantucket. Se maravilló con la Seamen’s Bethel y también expresó una opinión similar allí, como un «tiempo congelado» en la zona.

Para brindar la cita textual de Lovecraft, en una carta a James F. Morton (20 de septiembre de 1935), Lovecraft escribe sobre New Bedford: «Fue como caminar dentro de las páginas de las antiguas crónicas balleneras… New Bedford conserva una atmósfera de 1840 que ni siquiera el progreso moderno ha podido borrar».

Cape Cod es mencionado asimismo como punto de referencia costero en la salida de los balleneros hacia el Atlántico Sur. Podemos constatar que Lovecraft recorrió sus dunas, y describió su geografía como «desolada y extraña», ideal para el horror cósmico.

Hay también un paralelo con respecto a la obra de Poe, que Lovecraft experimentó en cierta forma personalmente.

Tenemos al inicio de la historia, que Gordon Pym, oculto en el barco, experimenta un aislamiento tras dejar la costa de Massachusetts.

Y por otro lado, el viaje de cinco horas por agua hacia la isla de Nantucket que realiza Lovecraft en el ferry, lo describe como que «la costa se desvanecía» hacia el vacío.

Recordemos que ya en la Antártida, en el escenario final de Pym de los barrancos blancos, tenemos los gritos de «Tekeli-li», que Lovecraft menciona también en su novela de 1931.

Y en 1935, Lovecraft confirmó que los puertos de salida (New Bedford y Nantucket), tenían la atmósfera adecuada para ese horror.

El nexo que nos falta ahora desarrollar, y sobre lo que incursionaremos, es cómo desde el «último eslabón», digamos, de estos «tres profetas de lo oculto» (Edgar Allan Poe, Julio Verne y Lovecraft), este conocimiento fue recepcionado y estudiado por sociedades ocultas, y específicamente, cómo se conectó con la expedición alemana antártica, y lo que allí encontraron tras su previo estudio y canalizaciones.

Desde el esoterismo del Tercer Reich, debemos remitirnos a sociedades como Vril, Thule y Anhenerbe.

El nombre de la sociedad alemana Vril encuentra su correlato en la novela «La raza venidera» (1871), de Edward Bulwer-Lytton, contemporáneo de Verne y admirador de Poe.

En la novela, una raza intraterrestre (los Vril-ya) domina una energía infinita llamada «Vril». La Sociedad Vril alemana sostenía que esta energía era real y que podían contactar con estos seres a través de ciertos médiums.

Para ellos, la «figura blanca» de Poe o los gigantes de que hablaban los jeroglíficos, eran ancestros de la raza Hiperbórea que se adentró en el interior de la Tierra, fuera del escenario demiúrgico de la superficie.

La Sociedad Thule procuraba así encontrar el origen de la raza Hiperbórea en el Ártico o la Antártida.

La idea de una ciudad antigua bajo las colinas (como la de «En las Montañas de la Locura») encajaba perfectamente con su concepción de Hiperbórea.

Esto explica por qué en 1938 (el mismo año en que el «Círculo Lovecraft» estaba en su apogeo literario), los alemanes enviaron la expedición del barco Schwabenland a la Antártida. No buscaban ballenas ni bases en solitario; buscaron la entrada a ese mundo que Poe había descrito tiempo atrás.

Originalmente se concebía la existencia de Hiperbórea y Thule en el extremo norte. Más cuando la exploración del Ártico (gestionada por la sociedad Thule) no reveló nada, la mirada de sus herederos se desplazó hacia el sur, a la Antártida como una «Thule del Sur».

Edgar Allan Poe, Julio Verne, Howard Philips Lovecraft… Cuando no auténticos iniciados (que en el caso concreto de Lovecraft no dudamos que fuera un Virya despierto) recepcionaron indudablemente verdades ocultas desde la Minne.

Muchos miembros de estas órdenes ocultas mencionadas (como Karl Haushofer, mentor de Rudolf Hess) estaban convencidos de que escritores como Verne y Poe no inventaban, sino que eran «receptores» pasivos de recuerdos ancestrales. Para ellos, los jeroglíficos de Poe eran una prueba arqueológica y la Esfinge de Verne, un indicador geográfico.

El conocimiento de que Lovecraft describiera con tanto detalle las ciudades antárticas, servía de «confirmación externa» de lo que se estaba investigando por medios ocultos.

Aunque la obra de Lovecraft se publicó originalmente en esa época en revistas pulp como Weird Tales o Astounding Stories (donde publicó «En las montañas de la locura» en 1936), hubo probablemente tres vías por las que su obra (al menos sus ideas), pudo llegar a oídos de los ideólogos alemanes.

La primera sugiere cierto intercambio de conocimientos ocultos entre órdenes y sociedades esotéricas.

A pesar de las tensiones políticas, los círculos ocultistas de Europa (Francia, Alemania, Inglaterra) y Estados Unidos estaban muy conectados. La Sociedad de la Niebla y otros grupos franceses tuvieron cierto contacto con la orden alemana Thule.

Francia fue uno de los primeros países en «descubrir» a Poe como genio (gracias a Baudelaire)., Y si Lovecraft se mencionaba en los círculos literarios o esotéricos franceses como el «sucesor de Poe», es muy probable que esta información cruzara la frontera con Alemania.

También Pauwels y Bergier, en su famoso libro «El regreso de los brujos», sugirieron que los servicios de inteligencia y las sociedades secretas nazis vigilaban la literatura extranjera en busca de «visiones» o «intuiciones».

Se dice que Lovecraft mantuvo además una enorme red de correspondencia (estimada en alrededor de 100.000 cartas).

Muchos de sus corresponsales eran académicos o intelectuales que viajaban por Europa. En la década de 1930 existía una fascinación mutua entre ciertos sectores de la ciencia ficción y la mitología nórdica/alemana.

Es posible que algún miembro de la Ahnenerbe (la organización del Tercer Reich que investigaba el pasado oculto) hubiera leído estas revistas, no como entretenimiento, sino como «fenomenología» del inconsciente colectivo.

Si analizamos de hecho el texto de «En las montañas de la locura» palabra por palabra, publicado en 1936, queda claro que Lovecraft estaba canalizando las mismas fuentes que los alemanes. Por ejemplo, el ingeniero austriaco Hanns Hörbiger convenció a los líderes nazis de que el universo estaba lleno de hielo.

Esta teoría era extraordinariamente similar a la cosmogonía de Lovecraft. Cuando los alemanes lanzaron la expedición al Polo Sur (Neuschwabenland), su objetivo era establecer una base, pero sus científicos estaban imbuidos de este misticismo polar.

La idea de una «ciudad bajo el hielo» era un concepto que flotaba en un ambiente esotérico desde Poe y Verne.

Comparemos el hecho literario con la expedición alemana a la Antártida. En 1936 Lovecraft publica «En las montañas de la locura», que describe una expedición científica a la Antártida, de la universidad Miskatonic, que encuentra ruinas antiguas y seres de otro mundo.

Tan solo dos años después, en 1938, Alemania lanza su expedición más ambiciosa a la Antártida, rodeada de secretos y leyendas sobre bases subterráneas y contacto con «viejos maestros».

No hay al parecer que se conozca ningún documento en los archivos de la Ahnenerbe que dijera «Leímos a Lovecraft», pero existe la teoría de que ciertos traductores alemanes y algunos agentes culturales en Estados Unidos, enviaban informes sobre tendencias literarias que abordaban temas de «razas primordiales» y «energías ocultas».

Para un ideólogo de la Thule, Lovecraft habría sido visto como un «vidente Hiperbóreo» que describía verdades sobre el origen de la sangre y la tierra.

Además, como curiosidad, Lovecraft tenía ascendencia anglosajona pura y en sus cartas a veces expresaba opiniones que coincidían con el pensamiento racial de la época, lo que le hacía pensar que su obra sería «digerible» para el aparato cultural alemán si se dejaba en manos de sus Kamaradas.

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